
Crecer con hambre
Nada hay más vulnerable que un niño. Todo aquello que perjudica al ser humano en general, lesiona aún más si cabe a los niños en particular. Bien por su natural fragilidad como por su potencial de futuro, fácilmente quebrantable, los más pequeños son quienes sufren en mayor medida los daños ocasionados por las situaciones de injusticia y desigualdad de los mayores.
Cierto es que estamos en crisis: el orden económico y financiero internacional se tambalea. Sin embargo, como la historia ha demostrado, cuando el fuerte estornuda, el más débil siempre se acatarra. Si en estos tiempos de futuro incierto, la recesión global está provocando que los derechos humanos de innumerables personas queden comprometidos, qué no ocurrirá con aquéllos que desgraciadamente llevan muchos años en crisis o nunca han logrado salir de ella.
Se trata de un problema que "interpela" la conciencia de la Humanidad. Ahora más que nunca es momento de abrirnos a las necesidades de los demás. Puesto que en los países ricos son cada vez más los que ven recortados sus recursos, en los países pobres lamentablemente se duplica el número de quienes carecen de lo básico y, sobre todo, de oportunidades de progreso. En la actualidad hay tres mil millones de personas que viven con menos de dos euros por día y unos 800 millones de personas que padecen desnutrición. De los ocho millones de personas que mueren de hambre al año en el mundo, cinco millones son niños.
Es evidente que con tales cifras, las asimetrías económicas y sociales que delata nuestro mundo son demasiado escandalosas como para permanecer impasibles. Y más sabiendo que estas estructuras de injusticia e inequidad que oprimen a más de dos tercios de la Humanidad, exponen a diario a millones de niños a la explotación, los malos tratos, la violencia, la discriminación y la estigmatización.